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Terra
La Coctelera

Despedida

Que no, mi arma, que no. Que si vine hasta aquí fue para que tú me leyeras; para poder contarte desde la penumbra de este rincón lo que no me atrevo a decirte al oído.

Pero se acabó. Ahora sé que nunca serás capaz de esperar a que yo pueda ser yo contigo; que ni siquiera deseas escuchar la palabra precisa que nos acerca.

Así pues, recojo mi beso, cierro este blog, y me voy.

Me doleras todavía muchas veces



Me dolerás todavía muchas veces.
Iré apartando sueños
y tú estarás al fondo de todos mis paisajes.
Tú con tu misterio
y tu extraña victoria.
Amor, ¿quién te ha dado esa fuerza de pájaro,
esa libre arrogancia
de mirar las estrellas por encima del hombro?
¿Quién eres que destruyes
mi corazón y puedo, sin embargo, existir?
¿Se vive en la muerte? Se vive
con el alma en desorden y la carne
desmoronándose en el vacío?
Nunca te tuve miedo
y, sin embargo, ahora te rehuyo
porque eres como un dios que me hace daño
cada vez que me mira.
Abandonaré todo lo que me estorba,
todo lo que dificulta la huida
y escaparé por la noche adelante,
temerosa de ti, temerosa
de esta grandeza que intuyo,
de este fulgor, de este cielo
que palpita en tus manos abiertas.
Me dolerás todavía muchas veces
y cada vez me extasiaré en mi daño.


(S. March)

Versos premonitorios


Te busco por las tardes y las vueltas
páginas del recuerdo. Hice un mito
de ti. Un símbolo secreto. Una
razón elemental de la ternura.
La otra forma, perdida en el silencio,
de una tarde que fue. Vuelves ahora
y pisas la honda arena, y es el agua
del mar una alta espada amenazante,
súbita en tus pupilas. Y me miras
con esos ojos tuyos siempre tristes,
como lo es el amor; interrogantes
como un niño perplejo que no sabe
que nunca habrá respuesta. Y me sonríes
y entonces te regalo estas palabras.

(Victor Botas)

Y sin embargo...

Era evidente el nerviosismo de tu voz y el tono defensivo con el que comenzaste a hablarme. Como queriendo evadir las preguntas que aún no te había hecho ni tenía pensado hacerte. Nada más lejos de mi intención que ponerte en el compromiso de tener que mentir, pese a que llevara más de una hora interrogándome sobre qué andarías haciendo cuando por tres veces dijiste: "Espera, llámame en otros 5 minutos, anda...". A esas intempestivas horas de la noche mi sonmolienta imaginación era incapaz de encontrar una razón que explicara tu continua demora, un motivo convincente que tranqulizase mis temores.

Por eso quizá no fue lo primero que pensé pero sí lo segundo: tal vez estabas hablando con otra persona, alguien nuevo que hubieras conocido durante las últimas noches en las que no había sabido nada de ti. Conociéndote, no sería nada extraño, y la lógica me decía que sólo era cuestión de tiempo. Sin embargo, que fuera esa la causa de tu silencio no me importaba demasiado pues podía notar, detrás de tu azoramiento, las ganas que aún tenías de hablar conmigo.

Al cabo de una hora, sonó por fin el teléfono. Lo descolgué con la misma contenida alegría de quien desenvuelve un regalo reprimiendo sus ansias por rasgar el papel que lo envuelve. Después, con tu voz maravillosa y la misma impericia del intérprete novel que titubea su guión frente al expectante publico, me contaste no sé qué de una avería de la lavadora junto con otras cuantas excusas, intercaladas entre las interrupciones constantes con que dejabas a medias cada argumento.

Yo sólo tenía dos opciones: creerte o no. Lo cierto es que las explicaciones que dabas eran bastante plausibles y hubiera sido absurdo basarse sólo en ellas para creer que tratabas de encubrir otras razones. Pero eran en su forma y no en su contenido en donde se sembraba mi desconfianza. No sé, supongo que nos sucede a todos. En un instante, la antena de nuestro cerebro detecta la mentira, la duda, el ardid, y no sabríamos explicar el porqué; de ahí que lo llamamos sexto sentido. Bueno, también puede ocurrir que seamos unos paranoicos recelosos, pero creo poder asegurar que no es éste el caso.

Total, que te deje desahogarte, limpiar el peso de tu conciencia si es que sentías la necesidad de tal cosa, y cuando fuiste calmándote y tus sílabas volvieron a su cadencia habitual; cuando, por fin, diste por concluida tu retahíla de confusas aclaraciones, me quedé en silencio. Un silencio cómplice, una pausa sin reproche para que tu hombro sintiera la palmada generosa de la mano amiga que comprende. Pero en tus oídos mi siencio retumbó como un grito cargado de censura y necesitaste romperlo al instante. Entonces, como cuando de chicos creemos que nos acusan de algo que hemos hecho, acabaste de delatarte cuando, de pronto, preguntaste desafiante: "¿Qué pasa?, ¿es que no me crees?"

Y yo, que no quiero enredar el nudo más mínimo en el hilo de nuestro verbo nocturno -con medias verdades o mentiras a medias, qué más da, ¿acaso no se teje así el sostén del mundo?-, adorné de toda la certeza que pude mi primera mentira exculpatoria y contesté: "Anda, criatura, calla ya, pues claro que te creo..."

Y sé que ahora me dirán que no hay más triste ciego que el que no quiere ver. Pero para qué quiero ver yo nada, amor, si lo único que deseo es oírte, oírte, oírte...

Así pues, decidido está: no debía de creerte, no debía de creerte, y sin embargo...

El adiós


Ayer, a las 8 de la tarde, justo después de un año de no vernos, no escucharnos, no saber nada el uno del otro: ayer nos encontramos. Fueron sólo quince minutos y sobraron catorce para darnos cuenta de que ya nunca podremos volver a ser aquellos.

Yo te miraba mientras tú, antaño efigie del silencio, no parabas de hablar. Observaba tu boca moviéndose, las diminutas pecas de tus mejillas, la venita de la aleta de tu nariz y toda aquella minúscula geografía de tu cara que tan sólo hace un año me extasiaba. Pero sobre todo buscaba tus ojos. Buscaba reencontrarme contigo en ellos, aunque fuera en un solo instante cómplice que revelara que compartimos algo más que el calor de dos cuerpos. Sin embargo, tus ojos, que parecián mirarlo todo y no posarse en nada, no se acercaban donde yo estaba. Y en el momento que lo hicieron fui yo quien desvió la mirada.

La charla no excedió las fronteras de lo trivial y lo absurdo. Lo que se dice una genuina conversación de besugos. Ni el más leve amago de acercarnos al terreno personal. Así, como si nada jamás hubiese existido o como si todo lo vivido nunca hubiera ido con nosotros.

Supongo que teníamos miedo. Miedo de revelarnos y sabernos ya suplantados por esos otros que hoy confiesan amarnos. Esos otros a los que ahora entregamos el calor de nuestros cuerpos y que el día de mañana, probablemente, nos serán también extraños.

Al fin llegó mi tren. Antes de irme, me devolviste el libro -la excusa tonta para esta despedida definitiva- y en un amago de broma, fingiendo no devolvérmelo, de repente, me agarraste la mano.

Tú, el que que nunca quiso coger mi mano, la apretabas ahora con la misma fuerza del niño que esconde el temor a perderse. Entonces fue cuando sonó el silbato del tren. Y nuestros ojos dejaron de esquivarse. Y, más fija que nunca, tu mirada frente a la mía. Y yo sentí... que no sentía nada.

Y te dije adiós.

Táctica y estrategia

Mi táctica es
mirarte
aprender como sos
quererte como sos


mi táctica es
hablarte
y escucharte
construir con palabras
un puente indestructible


mi táctica es
quedarme en tu recuerdo
no sé cómo ni sé
con qué pretexto
pero quedarme en vos


mi táctica es
ser franco
y saber que sos franca
y que no nos vendamos
simulacros
para que entre los dos
no haya telón
ni abismos


mi estrategia es
en cambio
más profunda y más
simple


mi estrategia es
que un día cualquiera
no sé cómo ni sé
con qué pretexto
por fin me necesites.


(Mario Benedetti)

¿Dónde pongo lo hallado?

¿Dónde pongo lo hallado?
En las calles, los libros,
la noche, los rostros
en que te he buscado.

¿Dónde pongo lo hallado?
En la tierra, en tu nombre,
en la Biblia, en el día
que al fin te he encontrado.

¿Qué le digo a la muerte tantas veces llamada a mi lado
que al cabo se ha vuelto mi hermana?

¿Qué le digo a la gloria vacía de estar sano
haciéndome el triste, haciéndome el lobo?

¿Qué le digo a los perros que se iban conmigo
en noches pérdidas de estar sin amigos?

¿Qué le digo a la luna que creí compañera
de noches y noches sin ser verdadera?

¿Qué hago ahora contigo?
Las palomas que van
a dormir a los parques
ya no hablan conmigo.

¿Qué hago ahora contigo?
Ahora que eres la luna, los perros,
las noches, todos los amigos.

- Silvio Rodríguez -

Inauguro el blog con esta canción de Silvio Rodriguez porque fue buscándola en google cómo descubrí este rincón del ciberespacio y porque, bastante tiempo después, escuchando precisamente esta misma canción, conocí a la persona que me hizo regresar a este lugar.